VOX YA ESTÁ EN EL BIDASOA

Aunque este artículo lo escribí hace algo más de un año, me temo que sigue de actualidad en este 2020 sin alarde pero no por ello más igualitario. Lo de ayer en Irun solo ha sido la anécdota. ¿Por qué la Ertzaintza considera contramanifestación antivox y por tanto prohíbe las respuestas y no hace lo mismo con las actuaciones betikos contra los desfiles igualitarios del Bidasoa? ¿Por qué la izquierda abertzale y la española se escandalizan ante los mensajes de odio de Vox cuando en Irun han regalado el mandato a José Antonio Santano Clavero, un reputado fascista de género?

Tanto escándalo por la irrupción de Vox, y en el Bajo Bidasoa (Gipuzkoa, Euskadi), Vox lleva más de 20 años marcando sus criterios, al menos en cuestión de negacionismo de desigualdad de género; desde 1996, cada 30 de junio en Irun y cada 8 de septiembre en Hondarribia. Tras 20 años de conflicto en los alardes, la postura institucional ha evolucionado a peor. Más allá de soflamas igualitaristas genéricas (incluida la ley de igualdad “pionera y modélica”… e incumplida año tras año), el discurso a nivel municipal se está imponiendo en algunos órganos forales y autonómicos y ciertos medios de comunicación públicos y privados: aquí no existe un problema de desigualdad, sino de convivencia. Las mujeres no pueden elegir su papel en las fiestas, e incluso en el espacio marginal (en tiempo y/o espacio) conseguido con mucho esfuerzo y sacrificios, dos décadas después hay quien se cree con derecho a vejarlas, aparte del ostracismo al que las condenan las instituciones locales. Es por ser mujeres y por nada más que por ser mujeres; pero pretenden que no es un problema de igualdad, sino de convivencia. De los muchos ejemplos, me limito a dos, ambos de 2019:

  • Uno: el 8 de septiembre de 2018 en la Calle Mayor de Hondarribia hubo un rebrote de violencia, planificado con la complicidad de la Ertzaintza, que no hizo absolutamente nada para evitarlo pese a que quienes acudimos observamos cómo se repartían un año más plásticos negros, carteles y -novedad- silbatos en un evidente acto de contramanifestación, figura delictiva en nuestro ordenamiento jurídico. Ante el escándalo que las redes sociales denunciaron inmediatamente (imagínense lo que pasaba hace un par de décadas), el benemérito Cuerpo de Policía Autónoma se ha visto obligado a actuar, tras dejar pasar meses para que el eco mediático se apagara. El resultado: varias personas tradicionalistas multadas (cosa que se habría evitado si se les hubiera apercibido previamente), y dos miembros de la compañía Jaizkibel, no cualesquiera, sino una excapitana y la capitana actual; dos personas de sobra conocidas por ertzainas, participantes y público, partidario de su presencia o no. El argumento policial, sin embargo, pretende que al salirse de las filas para poner un orden que no ponían las fuerzas del orden provocaron más silbidos y abucheos del público, como si se trataran de mera respuesta a una coreografía mal representada. Es decir, que para la Ertzaintza fueron las víctimas las que provocaron los incidentes con su presencia inapropiada, ratificando el discurso de que aquí no hay discriminación, sino un simple problema de convivencia entre dos maneras de entender el Alarde, a modo de dos hinchadas deportivas enfrentadas, con el agravante de que la minoritaria pretexta sus provocaciones «al pueblo» en inexistente discriminación de género.  
  • Dos: el ayuntamiento de Irun ha convocado a los centros escolares a una reunión sobre coeducación, y ha dejado claro que el tema de los alardes no se tratará, porque «ese tema es de convivencia». De nuevo, la convivencia como argumento negacionista de la igualdad para mantener un statu quo que tan bien se acomoda al «enfrentamiento entre particulares». Al menos los centros escolares se han plantado ante esta torticera y malintencionada coeducación vaciada de contenido.

¿Qué dice de esta coeducación a adolescentes el Departamento de Educación? Nada, y mejor. La actual consejera, vecina de Hondarribia, es una firme partidaria de la desigualdad -perdón, de la tradición- y ni siquiera ha dicho media palabra, incluso aunque mucha gente tradicionalista haya mostrado su enfado ante las actuaciones extemporáneas, violentas y enemigas de la convivencia que unas personas concretas (con apoyo institucional, es cierto) realizan en nombre «del pueblo». Pues la consejera, ni eso. Y no pasa nada. Bueno, sí, que la consejería de Interior, obligada a multar a tradicionalistas porque había quedado en evidencia, multa también a igualitaristas para transmitir una idea de falsa neutralidad. Ya lo dice Vox: hay violencia contra mujeres y también contra hombres, la desigualdad no existe. Y Emakunde, una vez más, desautorizada por quienes deberían ser sus cómplices. Porque la tan cacareada ley de igualdad vasca implica a todas y cada una de las instituciones públicas e incluso privadas. Vox quiere suprimir tales leyes. No sé para qué, si es tan fácil como no cumplirlas.

Porque… ¿se imaginan una fiesta vasca con un desfile que se divide en dos ante la imposibilidad de que los cacereños participen en igualdad junto a los vascos? ¿Y se imaginan que los cacereños tuvieran que desfilar protegidos/encerrados en un cordón policial? ¿Se imaginarían a una juntera nacionalista arguyendo que “si ambas partes cedieran” no habría incidentes ni tensiones? Pues no se lo imaginen porque ha pasado. Ese mismo 8 de septiembre así lo afirmó Mª Eugenia Arrizabalaga, solo que en Irun y Hondarribia sus cacereños son mujeres. Ceded, mujeres, en vuestro derecho, mientras la única cesión del tradicionalismo es no ejercer la violencia. ¿Cesión? Al fin y al cabo, que cedan las mujeres es exactamente lo que reivindica el tradicionalismo; es decir, que se haga lo que dice, como el marido que zurra a una esposa desobediente , y la nacionalista Arrizabalaga pretende vendernos como una solución ceder al chantaje de los violentos. No le importa que haya violencia, lo que le importa es que se note, y así culpa a quien no cede y sufre las consecuencias. Porque si a alguien se le ocurriera hacer una pitada al paso del tradicionalismo excluyente, el linchamiento sería físico, policial, político y mediático.

Y lo peor es que le ha copiado el argumento a la juntera socialista y concejala de igualdad de Irun Maite Cruzado, que justificó la violencia ejercida contra las mujeres, en este caso de la Calle Mayor de Irun, “porque es una calle muy pequeña”. Sí, y la Calle Mayor donostiarra también, y hace más de 30 años que en la Tamborrada nadie insulta o se da la vuelta al paso de mujeres desfilando. Más pronto que tarde alguien del PP, Ciudadanos o Vox justificará un caso de violencia de género doméstico si se da en «una casa muy pequeña» porque eso provoca conflictos de convivencia. Y mucha gente se escandalizará, Arrizabalaga y Cruzado incluidas.

Nota: esta misma semana ha habido dos noticias en principio desvinculadas, pero parte del mismo problema en este tiempo electoral (nota de nota: volvemos a estar en tiempo electoral, pero si estoy esperando a que no haya, no escribiría nunca) .

Una: el Departamento de Cultura de la Diputación Foral, en manos socialistas, va a homenajear a Raúl Guerra Garrido por el 50 aniversario de «Cacereño». El diputado reivindica un libro y escritor valiente. Es el mismo que apoya públicamente los desfiles igualitarios en el Bajo Bidasoa… pero siempre exigiendo respeto a «otra manera de entender el Alarde», en la que las mujeres-cacereño no pueden participar libremente. Sí, seguro que dice que hace falta pedagogía, favorecer cauces de comunicación, etc., etc., etc. De acuerdo, tiene razón; pero no me imagino a Denis Itxaso legitimando ni por activa ni por pasiva un desfile vasco sin cacereños, y a Vox tampoco.

Dos: la fundación que organiza la fiesta privada discriminatoria de Hondarribia (cuya sede oficial está en Navarra porque no cumple los requisitos de igualdad de la Comunidad Autónoma Vasca, algo que no impide su actividad) acaba de salir «tomando la iniciativa» por el diálogo y la convivencia. La compañía paritaria Jaizkibel le ha respondido dándole la bienvenida, aunque venga muy tarde… y aclarando que ya está en ello un grupo de trabajo promocionado por la Diputación. Ante la errática actitud foral de apoyo a la igualdad en los Alardes pero no pública y sin descalificación explícita de la opción excluyente, he de reconocer que mi primera impresión fue la de creer que de nuevo era un intento de desviar hacia la «convivencia» la naturalización de la desigualdad. Pero que el tradicionalismo maltratador se haya descolgado con semejante «paso adelante» y se presente como árbitro -que no parte del problema, porque la bronca no fue con ellos, sino «entre mujeres»- me hace pensar que, como Vox, intenta neutralizar un movimiento que, seguramente poco, tarde y mal, les estaba presionando para reconocer la evidencia: el futuro de una convivencia pacífica en el pueblo pasa por la ausencia de desigualdad en la fiesta, pues los conflictos, más o menos puntuales, más o menos graves, no son el problema, sino el síntoma.

Espero que, ante el nuevo panorama político, los partidos de la «centralidad vasca» no se dejen llevar desde la actual esquizofrenia (por no decir hipocresía) a una deriva neomachista; es decir, la machista de toda la vida pero sin disimulo. Quiero pensar que reaccionarán, y si lo hacen seguramente no será por cuestiones de género (aunque nos dirán que es por eso). Pero vayan ustedes a saber. Al fin y al cabo, si el socialista Santano se pavonea de que «a mí el alarde me da 2000 votos», ¿por qué no va a tener derecho Vox a disputar ese nicho electoral? Yo querría pensar que ya no son tantos votos, si una vez lo fueron; pero cuando se lleva años jugando con el fuego de la baza electoral de los alardes, a ver quién apaga el incendio.   Dime de qué convivencia alardeas, y te diré de qué igualdad careces.

Dejar una respuesta