Vestido versus disfraz

Un judío que se pone el típico traje alemán, ¿se viste o se disfraza? Es una pregunta capciosa y solo merece una respuesta: depende de si el judío es alemán. Ahora ya no tiene mérito, después de conocer la historia y sus resultados. Hace unas pocas entradas acababa recordando que para andar mil kilómetros hay que dar el primer paso. Para matar millones de judíos, también. Un paso pequeño, pero no anecdótico, aunque lo parezca; uno de los muchos, a decir verdad.

Navegaba por el blog de Rosa Sala Rose -que ya he citado y recomendado en varias ocasiones-, y de ahí fui pasando por otros blogs… hasta que me perdí. Gracias a la amabilidad de la autora he podido recuperar unos datos que sabía que había leído, pero no encontraba dónde: eskerrik asko, Rosa. Como la cultura germánica me es absolutamente desconocida, cada post resulta un descubrimiento apasionante. Aunque no faltan concomitancias pirenaicas; algunas son simpáticas. Esta, preocupante: a partir de la segunda mitad del XIX, a la burguesía germana, comunidad judía incluida, le dio por vestir en ciertas ocasiones “el traje típico”, recreación idealizada de los atuendos populares. Es un fenómeno general, como la folklorización del “traje de baserritarra”, que el campesinado vasco ya no vestía, si alguna vez lo había hecho así. El propio Hitler se apuntó a la moda de la tradición. Ya se pueden imaginar lo que ocurrió: se prohibió su uso a los no arios; es decir, se les negó su pertenencia al “pueblo alemán”, aunque una de las iniciativas empresariales más notables en este sentido era de dos hermanos judíos. Luego se les obligó a coser una estrella de David en la ropa, y luego todo lo demás.

© Jüdisches Museum Hohenems. Imagen que ilustra el post linkado más arriba, procedente del Museo Judío de la localidad austriaca de Hohenems.

Como a los agotes de Roncal. En las comarcas pirenaicas sin una indumentaria característica, se les obligaba a señalarse con un distintivo en forma de pata de ave. Este símbolo me daría mucho juego, pero hoy me parece una frivolidad abordar el tema desde ese aspecto. Porque señalarlos no era algo “folklórico”, o sí, pero no en el sentido actual, sino en el de segregarlos “del pueblo”.

Por eso mismo, los defensores del “Alarde el pueblo” de Irun y Hondarribia acusan a las mujeres de disfrazarse cuando visten igual que los hombres en el principal rito de autoafirmación des estas localidades. Ni siquiera tiene nada que ver con la ropa masculina y femenina, pues hace más de medio siglo que las mujeres portan pantalones, y muchos hombres, yo mismo, solo llevan corbata el 30 de junio. Por no hablar de la boina, esa prenda que ya las cantineras decimonónicas incorporaron a su atuendo, por lo demás militar y por tanto masculino al que añadieron una falda plisada sobre los pantalones abombachados. Ahora hay quien se quiere escandalizar por ver fotos de adolescentes sanmarcialeras arremangadas y dejando a la vista el sujetador tras un día de bochorno y chaparrón tormentoso. Les insulta el carácter “erótico-festivo” (sic) de una fiesta que han sacralizado. Si fueran mis abuelos, tal vez lo entendería; pero se ve mucha más carne y no pasa nada en la playa, incluso entre jovencitas “no soldados”. Véanlas en la magnífica foto de Gari Garaialde de la entrada anterior, bajo ponchos de plástico transparente, mientras otras desfilan impecables bajo la lluvia.

Denunciar en el s. XXI “erotismo” solo es la excusa, lo que odian es el ultraje al uniforme de “soldado” que nunca ejército alguno vistió. La Tamborrada donostiarra es más sincera consigo misma y denomina sus uniformes más antiguos “trajes de fantasía militar”. Glorifican el “ser de Irun” -o de Hondarribia en su caso- en la evolución folklórica del traje festivo popular vasco de hace más de un siglo. A mí ni lo erótico ni lo festivo me molestan, al contrario; pero si yo fuera “betiko” (tradicionalista) me preocuparían ciertos mensajes extemporáneos. Incluso un partidario de su causa les ha reprochado en la misma red social que ha visto imágenes mucho menos decorosas en su fiesta privada discriminatoria. Creo que era en “Mario y el mago” -y si no, ya me corregirá Sala- donde Thomas Mann, para reflexionar sobre el avance del totalitarismo en Europa, utilizaba el recurso literario de “biempensantes” que se escandalizaban ante una niña desnuda en la playa.

Por cierto, lo que sí ha evolucionado hacia un modelo “erótico-festivo” es lo que aquí llamamos pronto y mal “traje tirolés”. Si Hitler levantara la cabeza…

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