Tomar las aguas

Si en la entrada anterior hablaba del valor natural y sobrenatural de ciertas fuentes, hoy me quedo en el valor mítico del agua en ciertos momentos. Hablo del agua en el solsticio de invierno. Ya lo he tratado; pero queda mucho por explicar; por ejemplo, el rito como mito en la medida en que pretende perdurar un orden establecido mediante unos protagonistas concretos haciendo unos gestos en unos tiempos y espacios concretos con un elemento siempre variable y a su vez inmutable como es el agua. Me dio la pista Isaure Gratacos, en su “Calendrier Pyrénéen”, un libro que ya he citado varias veces, una de ellas al tratar otra noche mágica.

Vamos a ello: tanto en Frontinhan, en el antiguo condado de Comenge, como en Sakana, en Navarra, se ha documentado el mismo rito: en el momento exacto en que la medianoche da paso del Año Viejo al Año Nuevo, se recoge agua de la fuente. Se supone que comenzar el año bebiendo esta agua nueva propicia la buena suerte, como comer uvas o lentejas, brindar con bebidas espumosas, vestir ropa íntima de cierto color… Hasta aquí, todo normal, incluso en nuestras sociedades urbanas y teóricamente descreídas. En nuestro entorno tradicional, un ejemplo más del valor del agua como principio básico de la vida con virtudes que se presuponen para todo el año por el momento solsticial. Las aguas de San Juan son las más conocidas, aunque cada vez los rituales las utilicen menos y se centren más en el fuego. ¿He dicho solsticial? Sí, aunque con una semana “de retraso”.

sent per

Me llamó la atención cómo se refirió Gratacos al rito. Conocedora de todas estas creencias pirenaicas propias de una antigua cultura vascona = gascona, la investigadora solo lo había documentado en unos pocos pueblos de un área muy reducida, Frontinhan, y en ellos más el recuerdo que el rito en sí. Cree que seguramente estuvo más extendido y era ya muy vestigial.

Ahora que es casi de adorno, a la fuente de Sent Pèr d’Ardet le han puesto una teja para que no salpique; sin embargo, mantiene la base para apoyar los recipientes mientras se llenaban. Es de 1905, casualmente el año de nacimiento del informante de Gratacos. Este recordaba a las viejas corriendo para ser las primeras en recoger esta primera agua. ¿Las viejas? Las mujeres sí, pero solían ser las jóvenes las que iban por agua. Esto seguramente indica que ya a inicios del XX solo las personas de edad avanzada creían aún en sus virtudes. Por tanto, es de pensar que no desapareció con la llegada del agua hasta las casas, cosa que incluso habría facilitado su pervivencia, sino antes.

El caso navarro es muy semejante y muy diferente: cantar las “aguas nuevas” estaba en franco retroceso de todas las comarcas en las que se documentó hace casi un siglo. En la segunda mitad del XX el rito de recoger agua a medianoche apenas sobrepasaba la de Sakana, y ya no en todos los pueblos.

También en Urdiain mantienen las barras para apoyar los recipientes.

También en Urdiain mantienen las barras para apoyar los recipientes.

Tras una decadencia algo posterior pero similar a la gascona, probablemente la vitalidad actual, sobre todo en Urdiain, está ligada a un deseo de recuperación identitaria, tal vez porque se considera una tradición más propia cuanto más ha desaparecido en otras localidades y comarcas. Eso pasa mucho, por ejemplo en carnavales, pero lo dejo ahí. En el s. XXI mujeres y hombres jóvenes participan en él, en una alimentación recíproca de lengua y rito, pues las coplas inherentes son en euskara. Seguramente ha ayudado que Urdiain haya permanecido euskaldun cuando en localidades vecinas se ha producido un corte generacional en la transmisión de la lengua propia… y que demográficamente siga siendo significativo, a diferencia de pueblos casi vacíos, al menos entre semana.

En las comarcas gasconas, sin embargo, la pérdida del ritual del agua es anterior a la regresión de la lengua autóctona y al envejecimiento de su población.

Dejar una respuesta