Revisionismo

Sí, por mucho que se presenten como inmutables desde la noche de los tiempos, los mitos también se revisan y se adaptan a las realidades que los mantienen vivos; si no, es decir, si no cumplen su función de ratificar las creencias, quienes los reciben dejan de hallarles sentido y por tanto ya no los transmiten. Ya he puesto varios ejemplos, de aquí a Núria.

Pero hoy me vuelvo a quedar en Irun, sin ir más lejos. Y de nuevo el Alarde ejemplifica este pensamiento mítico que por supuesto no se reconoce como tal. Porque hoy no creemos en brujas, pero sí en el cumplimiento del voto de nuestros antepasados, incluso aunque los antepasados de quien lo argumenta no pudieran ni residir en la Gipuzkoa de aquel voto. Así se lo reproché a un tradicionalista del Bidasoa cuya madre es del Duero. Aunque no se atrevió a refutarme (“seguramente serán verdad”, como si él mismo no pudiera verificar la evidencia documental), limitó su importancia a un “detalles del pasado sin vigencia actual”. ¿Detalles, una de las legislaciones europeas más racistas del Antiguo Régimen? Eso sería lo de menos, si no fuera porque se negaba a explicar por qué sí tiene vigencia la exclusión a las mujeres de los Alardes. Cada vez que lo intentaba explicar, el pensamiento mítico arrinconaba más a la razón: no es discriminatorio porque quienes lo idearon no podían ser tan retorcidos de pensar que siglos después lo sería. En efecto, no eran tan retorcidos: discriminaban sin pudor a las mujeres igual que a negros, agotes y manchurrianos porque no les parecían dignos de tal honor. En la realidad en la que vivían no necesitaban justificarse. Pero los discriminadores actuales, sí. Por eso recurren al mito; es más, al dogma religioso, por incuestionable.

Diario Vasco, 1 de julio de 1967. Escrito, publicado y premiado 30 años después del asesinato del republicano general del Alarde Nicolás Gerendiain.

Bueno, y recurren a la descalificación, comparándome con Pío Moa, el revisionista franquista. Lo que me ha dado oportunidad de seguir ahondando en estas reflexiones. Porque el problema de Moa no es su extraordinario viraje ideológico, sino que defiende tesis basándose en datos probadamente falsos, mientras que los míos “serán verdad”.

¿Cómo se llega a tal extremo, más allá de los excesos verbales propios de las redes sociales? Lo que sabemos o creemos saber del Alarde – yo mismo hasta que me puse a analizarlo con rigor histórico- responde al mito de un acto de autoafirmación colectiva que desde mediados de los años sesenta del XX fue ganando prestigio. Por ejemplo, el reconocido periodista Seisdedos ya antes de morir el dictador publicó que el Alarde era “democrático” y estaba “por encima de tirios y troyanos”.

Portada sanmarcialera de la revista que bien podríamos denominar “El Bidasoa Republicano” en vez de Mexicano. ¿Dos maneras de “entender la fiesta”? No, dos comunidades irundarras ya entonces.

Y para ratificar tesis tan loable como falsa, argüía la extendida (y me temo que también falsa) anécdota del republicano que cada 30 de junio cruzaba el Bidasoa y disimuladamente desfilaba en el Alarde, con la complicidad de resto de participantes y público. Estamos hablando de los años en que el Alarde no era multitudinario, Irun era mucho más pequeño (idealizado en el “nos conocíamos todos”) y Melitón Manzanas campaba por sus respetos.

Txapelgorris, estampa que pueden hallar en el Museo Zumalakarregi: Quien quiera verá en la chica una protocantinera.

Pues ni eso es un revisionismo novedoso. Antonio Aramburu contaba una anécdota contrapuesta, pero que respondía al mismo principio mitificador del pasado: tras la guerra un republicano se negaba a participar en el Alarde por no ponerse la boina roja, identificativo carlista. ¿Acaso antes de la guerra no lo era? Es más, ¿acaso los txapelgorris originarios no fueron los voluntarios liberales vascos de la Primera Carlistada? Otro ejemplo de que la realidad presente marca la percepción del pasado.

Por ello, me parece muy interesante, a futuro, analizar cómo mucha gente “betiko” le dé la vuelta a su percepción para justificar/ocultar/transformar su postura inicial cuando ya no la compartan. ¿A futuro? Cada vez más afirman que en los años cincuenta participaban mujeres soldado “y no pasaba nada”. Mi primera tentación es preguntarles si eran las mujeres de aquellos republicanos, en un ejercicio de gigantesco disimulo colectivo

Si no pasaba entonces, ¿por qué ahora sí, por qué esa extemporánea “vigencia actual”? Nos dirán que no estaban en contra; pero que si no fueron formas, que si había otras intenciones, que si se mezcló la política, que si esto, que si lo otro…

De hecho, ya lo están diciendo. Así se escribe la historia, y el mito.

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