Porque son y no son

El tema de la negritud, y en general la identificación valorativa -no cromática- de los colores da mucho más de sí. Pero esta vez lo voy a usar de excusa para dar lo que literariamente se denomina “un giro inesperado”. Desde la Baja Navarra llegaremos hasta el alto Pirineo gascón, en el antiguo condado de Comenge. El nexo de unión de los dos relatos no es aparente, pero es. Ambos se ubican en la Edad Media, un tiempo más mítico que histórico puesto que en él todo parecía posible.

El primero es un arquetipo: caballero vence a dragón. Algunas versiones ubican el relato en el río Aturri/Ador, en el límite de las lenguas vasca y gascona, ahora más conocido en su grafía francesa: Adour. Concretamente a la par de Hiriburu, cerca de Baiona. En este caso hay una particularidad, no exclusiva pero poco habitual: tanto el noble como el monstruo mueren ahogados en el río. ¿Por qué es mito y no cuento? Porque en todas las versiones la ubicación es fundamental. Pero esta vez no la de la lucha del bien contra el mal, sino la del origen y conclusión del relato: el joven es hijo único de Beltzuntze, en Aiherra, Baja Navarra. El dolor por su muerte lleva a sus padres a pintar de negro (beltz) la casa en señal de luto. No se explicita -seguramente porque hasta hace poco ni hacía falta de tan evidente-, que simboliza algo más que amor paterno-materno/filial, pues la muerte del hijo único sin descendencia provoca una desgracia irreparable en la concepción tradicional del mundo, especialmente entre la nobleza: la casa-familia, siempre por encima del individuo, quedaba sin continuidad.

beltzuntze

Ruinas del palacio de Beltzuntze, negras sobre todo por el contraluz.

Segundo relato: Margarita de Comenge, secuestrada por su tercer marido en el castillo de Brauvaca (en gascón) / Bramevaque (en francés), era una auténtica ogresa que exigía un bebé como comida diaria. Un día que no le pudieron servir criatura humana, le dieron de comer ternera. Extrañada de oír bramar a una vaca todo el día, preguntó qué le pasaba. Solo cuando le dijeron que bramaba por su cría, sintió por todas las madres que habían padecido su voracidad eso que ahora llamamos empatía.

Sin entrar a que la voracidad de la dama recuerda algunos relatos de dragones, para mí lo interesante es que ambos tiene como protagonistas a familias que son y no son parte de las comunidades rurales donde se insertan: es decir, lo son e influyen en ellas (y mucho, al menos en la Edad Media), pero están en un plano muy diferente. Sin caer en el supuesto igualitarismo de las sociedades pirenaicas (eso sí que es un mito, pero político-histórico, no tradicional), las familias nobles estaban en un plano superior al de las “normales”, del mismo modo que las agotes, gitanas y otras estaban en un plano inferior; pero no dejaban de ser una excepción en la comunidad. Por eso mismo son más “mitificables”: cumplen una función explicativa desde ese mismo “estar pero sin ser”.

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Torre del castillo de la condesa de Comenge, dominando la localidad.

Y en este caso explican dos topónimos que son y no son: “chirrían” más que suenan a vasco o gascón porque no tienen ya un significado claro en sus propias lenguas. Decía Koldo Mitxelena que en etimología lo más fácil es equivocarse; pero la tradición oral no se pretende filóloga, simplemente recurre -como en otras muchas ocasiones- no a la ciencia sino al mito.

¿Cómo se llamaba, pues, la casa y el pueblo antes de pintarla de negro o bramar una vaca? En Aiherra ni sabrían ni les importaría que Beltzuntze sea un topónimo existente también en la Alta Navarra: lo que necesitaban explicar es el nombre de un palacio abandonado. Y morir matando un dragón encaja muy bien con lo que se esperaba de la nobleza extinta.

Asimismo encaja en la forma de pensamiento tradicional recurrir al castillo local -donde sí estuvo Margarita de Comenge secuestrada por su propio marido, si eso no es leyenda histórica- para explicar un nombre tan llamativo desde el gascón y francés (o gascón afrancesado, porque en francés, lengua de posterior implantación, es vache, y no explicaría el topónimo). El escudo, con una vaca (motivo habitual entre varias ramas de la alta nobleza norpirenaica) ayuda a entender esa interpretación mitificada a posteriori, del mismo modo que el dragón de tres cabezas del escudo de Beltzuntze justificaría no solo el relato anterior, sino que la cueva de bestia estuviera en Hiriburu, topónimo vasco interpretado como hiru buru (tres cabezas).

Y si no me creen, esperen a leer otras entradas sobre etimología popular, que no faltan. Eso sí, bastante más chistosas. Porque, si se deja de lado la nobleza -tan poco amiga de bromas, incompatibles con su estatus superior- las puyas entre iguales se caracterizan por el humor.

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