Oro blanco

La entrada anterior acababa diciendo que el gusto por la leche de los seres míticos, en especial los femeninos de bosques y ríos, daba pie a sugerentes interpretaciones. Para empezar, podíamos pensar que es una creencia antigua, puesto que hallamos fórmulas que mezclan palabras latinas y otras de posible origen vasco. No es tan raro como pudiera parecer: el gascón -entre todas las variantes occitanas- y el castellano -entre todas las lenguas peninsulares-, ambas resultado del latín en contacto con el euskara, siguen manteniendo rasgos vascos, como hache en vez de efe. Y es fácil adivinar términos vascos en el vocabulario y expresiones de muchas comarcas de Álava y Navarra, algunas castellanizadas hace siglos.

También decía que este no es un blog de filología, sino de mitología. Lo que me interesa analizar es la leche como ofrenda a esos seres míticos. Ahora que ya está finalizado el Centro del Queso de Egino, querría dedicar esta entrada a la familia Pérez de Albeniz, y darles las gracias. También, de nuevo, a Josefa Setien, ya que en Légendes des Pyrénées de Karl des Monts encuentro, de nuevo, referencias a las ofrendas a seres sobrenaturales. De hecho, eran habituales por todo el Pirineo -él se refiere a la vertiente norte-, especialmente las de leche y especialmente en comunidades pastoriles. Barandiaran ratifica esta creencia y cita numerosos casos vascos, al norte y al sur, y en el Pirineo catalán de ambas vertientes también hallamos muchísimos ejemplos.

Arraitz

Arraitz, visto desde el paraje de Abauntz.

Pero me centraré en un solo caso, navarro, porque presenta una particularidad llamativa: un pastor construyó Sunbillenea, una casa de Arraitz, en el valle de Ultzama, con el oro de las lamias de la cueva de Abauntz, que premiaban así su diaria ofrenda de leche. Sin embargo, un anochecer, el kaiku que les dejó contenía bajo la leche excrementos de oveja. Las lamias, ofendidas, lo persiguieron. Antes de que lo atraparan sonaron las campanas de la iglesia y así se libró; pero no de una maldición: en aquella casa no faltaría loco o tarado. Esta versión vasca de “compensación” es comparable a otras fórmulas más catalanas de “no tendrás más, pero tampoco menos”, que ya he tratado alguna vez; o la versión de la Ribagorza aragonesa de que “rico serás pero con caldo de gallina no morirás“, y tuvo mala muerte.

Sin embargo, lo más llamativo es de difícil interpretación: ¿por qué insultar a unas lamias tan generosas? ¡Ya querrían ahora en Ultzama, y en cualquier otro sitio, que la leche se pagara a precio de oro! Cuando se sabe lo que cuesta hacer un queso de calidad, ya no parece tan caro. Se me ocurren dos explicaciones:

Una, que sea un ejemplo de la transición del culto pagano al cristiano: las campanas protegen de unos seres en los que se sigue creyendo, pero ahora se consideran hostiles. Anuntxi Arana afirma que, en esa transición “demonizadora” entre el XIX y el XX, los hechos antes entendidos como ofrendas se reinterpretan como robos. Por ejemplo, la encantada altopallaresa de Tor que citaba la entrada pasada, fue atrapada “robando” en el huerto. Es también el caso de Arantzazu. En otros, como Núria, se reinterpretan como exacciones, no ofrendas. En estos dos casos el mismo “tributo forzoso” pasaría a ser voluntario cuando es a la Virgen. El brusco gesto del pastor, pues, más allá de una “inversión” oro/estiércol que mencionaba hace unas entradas, sería una forma de poner fin a tal relación que ya no se considera legítima por pagana.

lamia

“Lamia” en la portada de Santa María de Olorón: las iglesias pirenaicas están llenas de personajes paganos, locales o de la mitología clásica grecolatina, algo que ahora parece chocante.

Otra: que el excremento no fuera un acto de ofensa voluntario, sino punible por manifiesta dejadez del pastor. El “afinado” de quesos tenía mucho que ver con la eliminación de impurezas, porque la leche ordeñada en la eskorta -el redil-, incluso aunque se pusiera un filtro en el kaiku, acababa acumulando polvo o barro; pero el excremento es otra cosa. En algunos de los testimonios arriba citados, se insistía en que las lamias, hadas, encantadas, etc. premiaban la limpieza y el orden y castigaban la suciedad y el descuido.

kaiku

Kaiku del Centro del Queso de Egino: en el embudo superior se introducían ortigas u otras plantas para filtrar la leche.

No sé cuál de las interpretaciones es la correcta, si lo es alguna. Quizá no son incompatibles, sino complementarias. En todo caso, son patrimonio, parte de un mundo que, como las lamias, como el pastoreo tradicional, pertenecen al pasado, pero en gran medida dan sentido a nuestro presente.

lamiak

Ahora el relato de las lamias de Abauntz es un atractivo a proponer en los paseos del concejo de Arraitz-Orkin, en Ultzama.

Eskerrik asko, Egino.

Un comentario

  1. Josefa María Setien
    Josefa María Setien 16 agosto, 2015 at 07:52:10 | | Responder

    Kaixo Xabier: Berriro eskerrikasko .

    Hermosa , misteriosa y enriquecedora la leyenda de (oro blanco). urre zuría (esnea).

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