¿Mujeres contra mujeres?

Se me heló la sangre. Acababa de saludar a una conocida que había aparcado su coche en mi calle. Cuando pasé junto a su parabrisas vi la pegatina. Que una mujer llevara esta pegatina me pareció muy significativo del tipo de violencia que estaban viviendo entonces -hace ya una veintena de años; ahora menos, pero todavía- otras mujeres por el mero hecho de querer participar en el principal rito de autoafirmación colectiva local, el Alarde. Violencia física, pero sobre todo simbólica, violencia de vejación, violencia aplaudida y jaleada por otras mujeres.

Me espantó, pero no me extrañó, porque como historiador sabía que era recurso habitual usar a las mujeres para el trabajo sucio en las revueltas “populares” en la sociedad tradicional, contra otras mujeres, como las brujas, o contra otros colectivos marginados.

Nos quedamos en una localidad que se ve desde Irun y Hondarribia: Biarritz. A mediados del XIX, la pareja imperial francesa decidió ubicar allá su corte de verano y cambió para siempre su destino. Pero hasta entonces no era más que una aldea con dos parroquias: la de pescadores gascones en el puerto, y la de baserritarras euskaldunes alrededor. Dos lenguas y dos actividades diferentes, pero una misma forma de actuar ante un enemigo común: la comunidad agote.

En Biarritz hasta las crampotes (camarotes en gascón) del puerto son ahora turísticas.

Allá, en uno de los muchos juicios surgidos a raíz de conflictos en teoría superficiales, las protagonistas fueron las mujeres y la chiquillería. ¿Seguro? ¿Seguro que eran superficiales aquellos conflictos por la ocupación del espacio simbólico, en la parroquia o en la calle? ¿Seguro que eran las mujeres las protagonistas? El mismísimo obispo acudió en 1710 a reñir a los niños (¿y niñas? la documentación, en francés, dice enfants) por el acoso a sus compañeros de catequesis. Por muy cerca que esté Biarritz de Baiona, eso no lo hace todo un señor obispo por chiquilladas. El ambiente debía de estar muy caldeado, como demostraron los repetidos juicios. En uno de ellos, pese a que la acusación primera se dirigía a mujeres y mozos, el juez no se engañó, y condenó al alcalde y varios concejales. Aunque no habían participado aparentemente, el juez vio muy claro que las autoridades locales no solo pecaban de omisión, sino que eran los verdaderos instigadores de los altercados, en los que “el pueblo” se oponía a la presencia igualitaria de las familias consideradas agotes.

Ya en el s. XVI un juez de Pamplona intentaba entender qué ocurría en el valle de Roncal con sus constantes juicios en apariencia absurdos por lo fútil de los motivos. Aunque sin resultados judiciales, su investigación centró el foco no en los agotes, sino en los “vecinos”: mientras los mozos montaban la bronca, los hombres casados propietarios parecían ajenos a lo que ocurría a muy pocos metros; pero eran quienes tomaban las decisiones.

¿Se acuerdan del intento de linchamiento más grave de las y los miembros de la compañía Jaizkibel de Hondarribia? Hasta altas horas de la noche, una horda de -sobre todo- mujeres y niños les impedía salir del local de ensayo. El alcalde, Borja Jauregui, se hizo el escandalizado, pero su actuación posterior fue la de legitimar aquella violencia y acusar a las víctimas: “que asuman las consecuencias de sus provocaciones”.

Eso sí, los hombres siguieron disfrutando de su fiesta tan ricamente. ¿No es un poco raro que la tradición la encarnen ellos, mientras las “auténticas defensoras ” de la tradición son ellas? Ellas, que en vez de estar disfrutando -aunque solo fuera como espectadoras-, se pasan un muy mal rato, histéricas y desquiciadas defensoras de un orden que las discrimina, por muy justa que crean su causa, por muy victoriosas que se sientan después… incluso en los juzgados.

La compañía Jaizkibel desfila con escolta policial mientras mujeres impiden su visión al público con plásticos negros y carteles tradicionalistas.

¿Y los jueces? ¿Las mujeres “enemigas del pueblo” también necesitarán, como los agotes, décadas, siglos en algún caso, para que los jueces les den la razón pese al respaldo legal? ¿Se imaginan a un juez español dictando en el s. XXI para un agote, un manchurriano, un judío, un negro, un moro, lo que dictan para una mujer? Prueba evidente de que esta sociedad moderna mantiene prejuicios respecto a lo que es y debe ser la feminidad, más arraigados incluso que los que hace siglos se tenían respecto a los agotes.

Pero eso no los exculpa, si hace tres siglos un juez pudo superar sus prejuicios en Biarritz. No voy a decir lo que pienso de los jueces, porque ahora que un ministro exjuez nos ha ilustrado con la perla de que “no hay más verdad que la verdad judicial”, y con la ley mordaza en vigor, lo mismo la verdad histórica es delito.

No digo lo que pienso, pero sí lo que aprendí en mi infancia: piensa mal y acertarás.

Un comentario

  1. Xaun
    Xaun 9 julio, 2018 at 01:58:52 | | Responder

    Arrazoi! Beti bezala, ondo ekarria! Ikerketa eta azalpen lan polita. Lerro artean esandakoa aise entenditzen da.

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