Mitos de ayer, hoy y ¿siempre? (I)

Navegaba yo en busca de datos para este blog en vísperas de lo de Núria cuando topé con uno que citaba Andorra. Tras la entrada en septiembre sobre la «Diosa Razón» no pensaba volver tan pronto a los mitos de nuestra sociedad actual; pero no he podido evitarlo: cada vez se me confirma más que nuestro pensamiento sigue teniendo más de mítico que de científico, y si ya no creemos muchas de las cosas que se creían hace un siglo es porque nuestro modo de vida ya no es el tradicional; pero los mecanismos mentales siguen siendo muy similares. Se trata del blog de Rosa Sala Rose (rosasalarose.es), especializada en los mitos del nazismo. Del mismo modo que no hay ética sin estética, tampoco hay ideología sin mitología. El del nazismo es un caso paradigmático.

En esa entrada hablaba de una leyenda negra andorrana viva que habría que dilucidar, y discernir lo que tiende de falso y cierto, sobre todo para no ensuciar a todo un valle con los actos cometidos por unas personas o familias concretas (si realmente fue así). Aunque con la mejor intención, en una cita final a un autor acababa haciendo eso que en lenguaje jurídico se llama «invertir la carga de la prueba», en este caso exigir que se demuestre la inocencia, en vez de pedir pruebas a quienes difunden la leyenda. Pruebas, no supuestos testimonios más cercanos a cualquier otra entrada de este blog sobre culturas tradicionales que a datos históricos. De hecho, las claves «exculpatorias» también las da la propia autora: pobre en general pero con algunas casas ricas, importancia del contrabando, ejemplos de personas que actuaron justo al contrario de lo que indica la leyenda, falta de preparación de las víctimas (en su inmensa mayoría de origen urbano, mal vestidas y peor calzadas para cruzar los Pirineos), el terror que tenían que sentir ante semejante aventura incierta poniéndose en manos de desconocidos que entre ellos hablaban una lengua incomprensible (esto lo añado yo, luego verán por qué: tal vez ni siquiera sabían que tales lenguas existían), etc…

Hablaba, por si aún no lo saben, de la leyenda de los andorranos que cobraban por cruzar las montañas a gente que huía del horror nazi, y que, aprovechándose de su extrema vulnerabilidad, asesinaban a sus clientes para robarles. Concretamente habla de judíos, aunque fugitivos los hubo de todo tipo. De ahí habrían surgido fortunas de otro modo incomprensibles.

Lo cierto es que la pregunta debería ser, precisamente siguiendo en toda lógica el artículo de Sala, al revés: ¿por qué localizar el relato solo en Andorra? Quienes nacimos y vivimos en un pueblo de frontera pirenaica hemos oído, y después leído, montones de historias de contrabando de todo tipo, humano incluido, y todas las variantes y mercancías de estraperlo de posguerra. Son tantas que, cuando he escrito un primer borrador con ejemplos solo de origen familiar propio, me ha salido como para hacer varias entradas de blog, y un blog entero especializado se podría hacer con el tema. Lo voy a dejar, por tanto.

kontrabandista

El contrabanista, convertido en imagen de postal. Abundan los grabados del XIX con el mismo tema, y hay toda una literatura romántica en torno al mismo.

Me centraré, pues, solo en resaltar que esta especificidad pirenaica (y seguramente alpina, y de cualquier otra región fronteriza) ha marcado el imaginario colectivo. En Sara hace décadas que se celebra una carrera del contrabandista, que consiste en correr por caminos de montaña con un saco al hombro: http://www.sarakorrika.com/. Y es que el contrabando hasta se llevaba a gala (también lo dice Sala de Andorra), y de hecho la mayoría de las historias eran humorísticas.

Como en el resto de entradas de este blog, también las historias de contrabando se repiten valle a valle, y todo el mundo me ha jurado que la suya es la auténtica versión y que «como aquí contrabando no habido en ningún sitio». Otro rasgo común, la supuesta exclusividad.

En una de las comidas de los Coloquios de Núria alguien habló hasta del pase de crías de faisán para su engorde en el otro lado, entre el Vallespir y el Ripollès, y de la cantidad de vehículos a motor que hace décadas se podían ver en parajes increíbles. En el Pallars, una señora contaba que «el avi deia que mai més amb un escamot de cabres fins a Andorra!» Y añadía: «de nit, es clar». Porque de día, quién no pasa cabras de contrabando.

Hablando de Andorra y volviendo al tema, no siempre las historias eran graciosas: en el franquismo, los cadáveres de portugueses (o de otros orígenes: inmigrantes ilegales se les llamaría ahora) ahogados en un río tan pequeño y casi siempre vadeable como el Bidasoa se justificaban por el abandono de sus guías, ante un peligro real o simplemente por desidia. Pero no se les mataba, simplemente se les dejaba a su suerte, que difícilmente podía ser buena, aunque pocas veces tan terrible. Cuando África empezaba en los Pirineos y no en Lampedusa o Gibraltar, aquí también pasó.

garita

Garita de vigilancia entre el Bidasoa y la carretera. Había decenas desde la desembocadura hasta Navarra.

Centrarse en el asunto se merece entrada aparte.

2 comentarios

  1. Josefa María Setien
    Josefa María Setien 28 octubre, 2013 at 19:12:46 | | Responder

    En Irún y Hondarribía, siempre ha hecho contrabando, todo aquel que tenía la oportunidad de hacerlo.
    Lo que era terrible, era el comercio con seres humanos. Algunos canallas – quiero creer que pocos- abandonaban a su suerte, a los pobres portugueses, en el puente de Endarlatsa diciéndoles que ya estaban en Francia………………..

Dejar una respuesta