Mito versus ciencia

Decía en la entrada anterior que a veces la ciencia parece dar la razón al mito. Y decía que solo a veces, y que solo parece, porque responden a lógicas distintas. Para ser más exactos, deberíamos decir que una responde a la lógica, y la otra no… según nuestro concepto ilustrado del mundo, gobernado por la ciencia. Vale, eso tampoco es así, pero al menos en la cosa técnica sí que nos fiamos de la ciencia y no del mito.

Aunque la fecha oficial de nacimiento del pararrayos es 1752, su implantación no fue inmediata. En este caso, además, queda claro que su extensión fue “vertical”, no de arriba abajo en una torre, sino del ilustre e ilustrado del pueblo al pueblo llano. En el pueblo de Tolha, en el antiguo condado de Commenge (el nombre oficial de la comuna es Touille, en el departamento de Hautes Pyrénées), el 19 de septiembre de 1808 ocurrió un hecho funesto. Entonces la iglesia de San Ferreol no tenía la actual torre campanario, sino una sola campana en una espadaña.

campana

La tormenta amenazaba en vísperas de la vendimia. Jean Pug, más conocido en el pueblo como “Jean de la campana” acudió a toda prisa a ejercer su oficio. Si el fuego de la escopeta ataca al fuego del rayo, el sonido de las campanas espanta los truenos. Además, las campanas están bendecidas, mientras que las tormentas se creían paganas, brujeriles o castigos divinos. Sin embargo, el alcalde, Jean-Louis Dugabé, nacido en 1760 en el seno de una familia noble, le advirtió del peligro, pues la tempestad ya estaba encima. En vano, el “campanaire” hizo lo que siempre había hecho y lo que todo el mundo menos el alcalde esperaba de él. He sido testigo de varias tormentas en estas comarcas de montaña media y baja. No sé si porque son de transición entre el Atlántico y el Mediterráneo o por qué, pero el caso es que se desencadenan muy rápida y violentamente, y su final es tan repentino como su comienzo, tanto o más que en la alta montaña.

broma

En cuanto puso la mano en la cadena de metal, el pobre hombre pagó muy cara su percepción tradicional de los fenómenos de la naturaleza. Podríamos decir que, más que el desconocimiento de la ciencia, lo mató el conocimiento del mito. Por eso, me parecería muy ilustrativo saber algo que Tambon, de quien he leído el hecho, no nos cuenta: aparte del alcalde, el resto de la vecindad, ¿consideró el hecho un desgraciado accidente laboral? ¿O culpabilizó a la víctima atribuyéndole a saber qué pecados?

Ahora, el “que le parta un rayo” suena tan viejo que se dice más de broma que en serio. Pero era una maldición en toda regla. Por ejemplo, sin salir del Pirineo, de las ocho maldiciones para acarrear la muerte que Manuel Lekuona recogió en Oiartzun, aparecen estas dos: Tximistak erreko ahal dik! (la traduce como Así lo abrase un rayo) y Tximistak, burutik sartu ta orpotik ate(r)a ta errebenta arraio egingo ahal dik!; es decir, Así le entre el rayo por la cabeza, le salga por el talón y lo reviente, aunque entre paréntesis pone el literal: lo haga reviente rayo. Y como las otras seis maldiciones, acaban con un Amen, para que quede claro su carácter religioso, por poco ortodoxas que nos parezcan.

Pero ojo: maldecir sin motivo, a quien no se lo merece o incurriendo en el mismo pecado que se atribuye a la persona maldita tiene efecto boomerang.

La ciencia nos explica qué mató a “Jean de la campana”. Dos siglos después, hasta las iglesias confían más en los pararrayos que en las campanas. También en el Pirineo gascón y en Oiartzun:

tximistorratz

kanpandorre

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