La Grandeur

¿Os cuento un chiste? Y más gracioso que el de la entrada anterior. Eso sí, también en este hay que conocer un poco la geografía pirenaica.

Era una mujer de Ligi (Licq en francés), un pueblecito de Zuberoa (Soule). Este territorio histórico vasco -es decir, con instituciones propias- es el más pequeño, y el único que básicamente se limita a un valle. La primera vez que fue hasta a la capital, Maule (Mauléon), a veinte km, la mujer exclamó: ¡No sabía que era tan grande Francia!

ligi

maule

El mismo río que conforma el valle une Ligi, Maule y otras muchas localidades zuberotarras.

En el valle bearnés de Aspa (Aspe) cuentan la misma historieta entre Bedós (Bedous) y Auloron (Oloron), con la particularidad que de que allí la mujer quiso apuntarse a la modernidad, pues fue en tren (el internacional, que unía Canfranc, en el Alto Aragón, y Pau, la capital bearnesa). No es el típico -y odioso- chiste que se ríe de una lugareña remedando su mal francés o español, sino que se cuenta en la lengua local porque es la propia comunidad la que encuentra risible que alguien pueda confundir el valle con “la nación”, ese ente supremo que tras la Revolución ocupó el protagonismo durante siglos detentado por la Iglesia. Francia ofrecía oportunidades en las grandes urbes o en remotas colonias, y a cambio se llevaba a sus hijos a morir “pour la patrie”.

bedos

Bedòs

aulauron

Oloronesa “plaza del recuerdo francés”, asociación por la memoria de los caídos en combate, conserva los monumentos y transmite su memoria a las generaciones futuras. El cartel no es bilingüe, sino diglósico: la lengua autóctona está en segundo lugar y en letra notablemente más pequeña. Pero está, cosa no frecuente.

Estudios supuestamente académicos consideran, despectivamente, el valle más un “límite mental” que físico. Pero lo cierto es que las poblaciones pirenaicas, sobre todo las más montaraces y recónditas, han emigrado desde hace siglos. Sin ir más lejos, en Maule, la industria alpargatera se nutría de las “golondrinas”, mujeres llamadas así porque acudían de los valles altoaragoneses y navarros en primavera, cuando la nieve ya no impedía el paso por los puertos de Santa Grazi y Larrañe, mientras que miles de zuberotarras salían a París, y hasta la Pampa. El título de la novela y película “Palmeras en la nieve” hace referencia a la presencia benasquesa en Guinea: desde el pie del Aneto hasta el ecuador. Los y las colporteurs del Coserans llegaban hasta Argelia y Sudamérica. Etc., etc., etc.

¿No es paradójico, pues, que precisamente en estos valles con mayor contacto con otras culturas se hayan conservado más tiempo creencias telúricas y mitos paganos? No hay una respuesta simple, pero yo tendría en cuenta que la diglosia caracteriza el Pirineo desde hace siglos: la tradición oral, por un lado, y lo que se recogía por escrito o se manifiesta mediante el poder institucional, por otro, transmitían dos concepciones del mundo muy interrelacionadas, pero diferentes. Y a medida que una lengua se ha ido imponiendo, su cosmovisión también lo hace. De hecho, o la lengua autóctona asume la nueva realidad urbana y moderna, o queda en riesgo de desaparición al transformarse profundamente el modo de vida rural en que se sustentaba. Este “chiste”, aun contado en euskara o gascón, o por eso mismo, nos remite a un momento de décalage entre lo local y lo general: hace medio, o mejor un siglo entero, podía resultar gracioso por chocante, pero aún era creíble; en el XXI, ya no.

Tal vez el caso catalán sea diferente… o tal vez no tanto. Lo siguiente no es un chiste, me lo ha contado una barcelonesa con segunda residencia en el Lluçanès, subcomarca prepirenaica entre Osona y el Ripollès. Tienen una vecina ya muy mayor que con su naturalidad de pueblo y sus historias dejaba descolocada sobre todo a la chiquillería urbanita. Hasta que una vez les comentó-preguntó: diuen que Barcelona és més gran que Vic, oi?

Solo entonces adquirieron verdadera conciencia de la enorme distancia cultural que les separaba. Comparten lengua y, parte del año, espacio en buena vecindad; pero viven en mundos diferentes.

“Ser de pueblo” es -o era hasta hace no tanto-, algo más que habitar en una localidad pequeña dedicada a labores agropecuarias.

7 comentarios

  1. Josefa María Setién Aramburu
    Josefa María Setién Aramburu 5 marzo, 2017 at 08:56:00 | | Responder

    Kaixo Xabier: Me lo contó Martin Aranburu, hace muchos años. Un baserritarra del entorno que un día fue a Bidania y asomado a su mirador natural exclamó ! Jesus, ez nun uste mundua ain aundia zanik ! ( Jesús! No creía que el mundo fuera tan grande !

  2. Josefa María Setién Aramburu
    Josefa María Setién Aramburu 5 marzo, 2017 at 09:08:39 | | Responder

    Hace muchos años, íbamos al principio del verano a hacer una excursión a Zuberoa y naturalmente visitábamos Maule ( Su castillo de Andurain ? (o algo parecido) ese que tiene una preciosa estructura de madera en su techo y que invertido podría ser un barco) Delante del castillo hay varios establecimientos, sobre todo para turistas. En uno de ellos vendían alpargatas (de fabricación propia- artesanas) y todos los años las comprábamos. Ahi nos contaron la historia de las “hirondelles” de los valles de Ansó y Hecho.

  3. ernest altés
    ernest altés 7 marzo, 2017 at 12:26:35 | | Responder

    Si, todas estas anécdotas hacen sonreír, pero esconden la sabiduría de lo cercano y la suficiencia bien entendida de que lo bello, lo bueno, lo útil, lo único, puede estar al lado de casa.
    En estos tiempos que corren estamos en el polo opuesto a esto, todos tenemos que saber de todo, sin saber apenas nada y uno se pregunta, a menudo, ¿de que me sirve a mi, por ejemplo, que ha habido un terremoto en las antípodas?
    Encontrar el equilibrio entre lo local i lo global….ardua tarea!

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