Kabroia

Es lo que pasa cuando te interesas por leyendas de osos en los Alpes, que acabas entendiendo mejor una supuesta paradoja del pensamiento tradicional vasco, concretamente con respecto al macho cabrío.

Porque es paradójico que el diabólico animal que ha dado nombre vasco a la reunión brujeril por excelencia, el akelarre, se presente en la tradición oral vasca como benefactor, incluso algo bobalicón en el cancionero.

Bucólica imagen vasca de danzantes entre un rebaño de cabras. Cortesía del Museo Zumalakarregi

Bucólica imagen vasca de danzantes entre un rebaño de cabras. Cortesía del Museo Zumalakarregi

Porque cabrón en euskara es aker, y no tiene ningún significado peyorativo, hasta el punto de que el insulto castellano cabrón se “traduce” por kabroi, no aker; lo cierto es que en castellano ya hace mucho que para su uso no injurioso se dice chivo o, perifrásticamente, macho cabrío. Mientras que el gallo, el gato, hasta el cerdo y el perro, sobre todo negros, son a menudo metamorfosis de brujos o brujas, o directamente del demonio, aker, concretamente akerbeltz, cabrón negro, se consideraba beneficioso, y se procuraba tener uno en el establo, en especial para evitar que el resto de animales domésticos enfermaran.

Porque siempre hablamos de epidemias como grandes males históricos, sobre todo la peste negra; pero casi nunca recordamos las epizootias, en las sociedades agroganaderas casi tan terribles como las primeras. La añorada historiadora Paloma Miranda, a la que tuve la suerte de conocer cuando trabajé en el Museo Zumalakarregi de Ormaiztegi, les habría contado historias asombrosas y siempre edificantes con una gracia inimitable. Murió hace casi 20 años y sigo recordando muchas de ellas: algunas, fruto de sus investigaciones en los archivos de la Inquisición; otras, experiencias familiares. Entre estas últimas recuerdo que un antepasado, médico en Bermeo, tenía un hijo en un caserío de la misma localidad, para que lo criara la nodriza, aunque ya no mamaba… o sí. En una de las epidemias de cólera de mediados del XIX, el médico pasó varios días sin ir hasta el caserío. Cuando lo hizo, se encontró que toda la familia había muerto, excepto su hijo, al que halló en la cuadra vivo: se había acostumbrado a mamar directamente de una cabra y eso lo había salvado.

Otra estampa vasca del Museo Zumalakarregi. Epidemias como el cólera y el tifus se originaban a menudo en las fuentes públicas. Pero he puesto esta porque hay una cabra.

Otra estampa vasca del Museo Zumalakarregi. Epidemias como el cólera y el tifus se originaban a menudo en las fuentes públicas. Pero he puesto esta porque hay una cabra.

Una historia asombrosa, pero no tanto si sabemos que la lactancia se solía alargar mucho. Mi padre recordaba en su barrio, Amute, a un niño que cogía el taburete de ordeñar vacas y buscaba a su madre en la huerta: esta se sentaba y le daba de mamar. Lactantes que ya andaban e incluso hablaban eran habituales, y es sabido que algunas familias mantenían una cabra solo con esta función.

Pero una cabra no es un cabrón. ¿Qué tiene que ver todo esto con el oso alpino? Pues que aquel relato acababa con un caballero que volvía de las cruzadas y se encontró su localidad y su propia familia diezmada por una epidemia. De sus parientes solo sobrevivía un nieto que una criada llevó al establo en el convencimiento de que la peste no ataca donde hay un cabrón.

Los mitos del oso, en los Alpes, en las Ardenas o en los Pirineos, se parecen mucho. Ahora sé que los del macho cabrío también.

Un pacífico macho cabrío pirenaico tan tranquilo a la sombra de una autocaravana.

Un pacífico macho cabrío pirenaico tan tranquilo a la sombra de una autocaravana.

Pero en la mentalidades montañesas europeas se entreveró el cristianismo con sus propios mitos y su propia visión de los animales; el paganismo pasó de superchería de ignorantes rurales que habitaban el pagus a ser herejía, y la brujería pasó de ser un cúmulo de creencias más o menos negativas (más más que menos, tampoco idealicemos) a ser adoración demoníaca.

Y los mitos pasaron a ser hechos históricos, terribles, en los Alpes, en el Pirineo y en toda la Europa rural, a causa de la credulidad y sobre todo la intolerancia de eruditos católicos y protestantes.

Y nació el akelarre. Pero la etimología, para otra vez.

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