¿Hasta cuándo?

La primera vez no me lo podía creer. Lo leí en una recopilación de tradiciones del Pirineo gascón. El autor, pese a citar a sus informantes e incluir muchos términos clave en la lengua original, tendía a recrear más que a reproducir los relatos; pero tampoco inventaba. ¿Y este? Porque no daba nombres ni apellidos. Se lo contó un hombre de edad: cuando tenía diez años, su padre invitó a un conocido a un trago en un bar de Auloron, que este rehusó porque no quería ponerlo en un compromiso (“ya sabes por qué, lo van a tomar mal”), y el padre no se podía creer que “todavía” fuera así. Después aclaró al hijo, que no entendía nada: el huidizo invitado era “cagot“, agote. Aunque la Revolución Francesa supuso el fin de la discriminación, un siglo después el recuerdo y los prejuicios seguía vivos en el entorno rural. ¿Pero el rechazo pervivía en el XX en un centro urbano que rondaba los diez mil habitantes, sede episcopal, lugar de paso y referente comercial de varios valles bearneses y de Zuberoa?

Pilar central de la entrada de la catedral románica de Santa María de Auloron. Se suele considerar que representa a los judíos, obligados a soportar -económica y simbólicamente- el templo cristiano. Probablemente realizada por antecesores de agotes, grandes constructores, a los que entre otros orígenes se les consideraba descendientes de judíos.

Por aquellos años, Caro Baroja citaba el caso de un beratarra adinerado que se tenía por muy liberal: llegó a sus oídos que una criada era de origen agote y se negó a darle trabajo.  Sí, era Navarra, pero incluso en Baztan, fuera de Arizkun, agote era más un referente mitificado que una realidad. Hasta tal punto que los bozatarras bajaban a bailar a Irurita porque allí ya no reparaban en su origen. Eso sí, ante la afluencia, se toparon con la oposición de quienes aceptaban a “sus agotes”, convecinos a los que ya no se discriminaba; pero no querían a “los de fuera”. En las entradas anteriores, tras comparar la exclusión del espacio público en los actos folklóricos de agotes y mujeres, algunas personas me han hecho comentarios al respecto recordando lo oído en casa. Uno de ellos me hablaba que aún había conocido, solo hace treinta o cuarenta años,  a gente que se negaba a contratar a alguien por agote. Eso sí me extrañó: precisamente los agotes sobrevivieron durante siglos por sus servicios profesionales, puesto que la exclusión del orden agroganadero -al negárseles tierras y bienes comunales – los había convertido en excelentes artesanos. De ahí su progresiva integración cuando en el XX heredar el caserío fue pasando de ser un privilegio a ser un lastre… hasta que llegaron urbanitas con dinero en busca de bucolismo.

Escudo nobiliario de Bera: aunque la casa sea humilde, el escudo remite a una nobleza negada a los agotes.

Pero me estoy desviando. El tema de hoy es: ¿hasta cuándo? No digo el racismo, porque sigue estando muy vivo, por ejemplo contra el gitano, “nuestro otro” pirenaico. ¿Hasta cuándo, si incluso en la France de la Égalité parece haber llegado casi hasta el XXI? Porque escrito el primer borrador de esta entrada he recordado lo que me contó en los 80 una historiadora bajonavarra: en la documentación antigua había descubierto por casualidad su origen agote, y no se lo dijo a su familia por no disgustarla. Y eso que ya en el Antiguo Régimen se alzaban voces contrarias a la discriminación. Es cierto que sobre todo por incomprensión: la desigualdad se naturaliza si hay diferencia, y los agotes no se diferenciaban del resto.

Las mujeres, por ejemplo, no son iguales a los hombres porque son diferentes, y así lo refleja el pensamiento tradicional. Solo que ahora se supone que vivimos en una sociedad igualitaria y moderna, y que debería avergonzarse quien discrimina, no su víctima. ¿Hasta cuándo la desigualdad? Para ir cerrando este ciclo sobre los Alardes como paradigma del pensamiento mítico, me conformaría con menos: ¿hasta cuándo se justificará, de un modo u otro, con argumentos viejos o nuevas interpretaciones, no tanto la discriminación futura (espero), sino el discurso que permita darle la vuelta sin renunciar a la legitimidad de la exclusión primera?

Histórica foto del 30 de junio de 1996. Este documento permitirá distinguir a las originales participantes de aquellas que, dentro de mucho o poco tiempo, afirmen haber estado allí.

Porque la autocrítica no es precisamente un rasgo característico del pensamiento tradicional, pero la plasticidad, sí: utilizar elementos de un pasado que no se cuestiona para justificar un presente aunque desde la razón no se halle conexión ninguna.

He dicho que acababa este ciclo, pero me queda un tema: hombres y faldas, mito y folklore.

Això sí, la propera en catanyol.

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