Harri bihur!

Harri bihur!

¡Vuélvame piedra!



Así respondió la joven que había robado el rosario a la Virgen en la cercana ermita y que huía a caballo para negar su delito. Y así quedó, convertida en piedra para siempre, por ladrona y, tanto o más, por mentirosa y perjura:

Andrearriaga, la piedra de la mujer.




La piedra original, sin embargo, está en el donostiarra Museo de San Telmo, ya que se trata de una estela de época romana que, según dice quien sabe de eso, evidencia en el nombre V(alerius)BELTESONIS la confluencia entre la cultura indígena (en el Pirineo abundan lápidas con el término belts) y la romana. Lo que no se discute es su lugar intermedio entre las minas de Arditurri y el antiguo puerto de Oiasso (el museo romano del mismo nombre, en Irun, muestra una excelente reproducción).

También marca el linde municipal entre Irun y Oiartzun, y casi la divisoria de aguas entre el valle del Bidasoa y el del Oiartzun, y permanece junto a una carretera ahora secundaria, pero camino real entre Madrid y París durante siglos.

No es de extrañar que su recuerdo y significación se mitificara en una mentalidad popular que otorgaba mucha importancia al espacio y muy poca al tiempo cronológico, al menos como lo concebimos modernamente.



El castigo en piedra es muy habitual en muchas partes. Pese a sus enormes diferencias de tamaño, de ser un fenómeno natural y de castigar otras faltas, els Encantats de Sant Maurici, sobre Espot, Pallars Sobirà, en un parque natural (Andrearriaga está junto a otro parque natural) del Pirineo más pirenaico, ambas piedras responden a una misma forma de concebir moralmente el paisaje.   

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