¿De qué color es la piel de Dios?

“Sepamos aceptarnos tal y como somos, en la fiesta y en la vida”. Este perfecto resumen del conflicto de los Alardes del Bidasoa lo dio en los primeros años un varón blanco hetero hispanófono de Irun de Toda la Vida, que aceptaba con resignación cristiana su papel en la fiesta y en la vida, no como esas mujeres que reivindican lo que por su sexo y condición no les corresponde. ¿Que el suyo es un papel privilegiado? Falso, porque el privilegio se contrapone al derecho, y esta no es una cuestión de derechos, sino de conocer nuestra historia y el origen de nuestros Alardes, etc., etc., etc.

Parroquia católica de la bearnesa localidad de Betlòc, con su cementerio adjunto.

En fin, hoy solo quería ejemplificar uno de los ejes de este blog: el pensamiento mítico plasmado en el espacio físico y ritual. Ya he repetido que a menudo no se pueden discernir cristianismo y paganismo en la mentalidad popular. Sin embargo, en esta ocasión me interesa recalcar un matiz a mi entender muy relevante: la inserción de la mentalidad tradicional en un acto religioso que, al menos en teoría, transmite un mensaje diferente: todos somos iguales a los ojos de Dios. Este es el estribillo de la canción del título de esta entrada, canción de moda hace ya más de 40 años.

Les recuerdo, por si hace mucho que no van, que el cura inicia la santa misa con un “hermanos”, incluso “queridísimos hermanos”. Se trata  de masculino genérico, porque en euskara dicen “anai-arrebak”,  y de hecho últimamente he oído “hermanos y hermanas”, incluso “hermanas y hermanos”, y hasta “hermanas”, en un avance lingüístico poco acorde con la postura oficial de la Iglesia. No en vano ekklesia proviene del griego y es traducible como asamblea. El Fraternité (que no Sororité) revolucionario laiciza la metáfora de igualdad dentro de la gran familia humana

Templo de la Iglesia Reformada en la bearnesa localidad de Betlòc. Como en Irun y Hondarribia, el cementerio segregado no se debe a la existencia de dos comunidades distintas, pues los” hugonotes” no dan especial importancia al espacio mortuorio, sino resultado de la aversión católica a compartir eternidad con la vecindad que no es, literalmente, “de su parroquia”.

Sin embargo, tradicionalmente no ha sido así. No me refiero ahora a instituciones como el mayorazgo, sino a la ocupación del espacio físico y simbólico en la misa. Cuando el enterramiento era en las iglesias o cementerios circundantes, se suponía que el altar era el lugar más sagrado, por lo que cuanto más cerca se estaba a la espera del Juicio Final, mayor ventaja. Por lo que, históricamente, las familias de mejor posición socioeconómica han tendido a ocupar “los mejores puestos religiosos”. La Iglesia Reformada considera esto una de las muchas supersticiones fomentadas por el papismo en beneficio propio. Aún así, algunas tumbas “protestantes” han acabado reflejando el carácter y posición de sus ocupantes en este mundo.

Ya he hablado de la comunidad agote, que no solo ocupaba un espacio marginal dentro del templo, sino que en ocasiones tenía su propia puerta y/o aguabenditera, y espacio aparte en el cementerio. A la hora de comulgar siempre lo hacían al final, así como cuando hacían la ofrenda de pan, que depositaban en un saco diferente o anudado para que sus panes no se mezclaran con los otros. Si alguno intentaba “colarse”, se le devolvía violenta y humillantemente “a tu sitio”, como atestigua un juicio roncalés.

Puerta tapiada en lo alto de la iglesia de Senpere, en Lapurdi. A sus pies un cartel recuerda que los agotes solo podían acceder al interior por ella mediante una escalera exterior ya desaparecida.

También en Irun y Hondarribia hemos vivido escenas bastante patéticas en las que la parte excluyente ha excluido, o al menos lo ha intentado, a la parte igualitarista de los espacios preeminentes en la misa. Algo que evidencia la falsedad del discurso de que el conflicto se limita a una “distinta forma de entender la fiesta”. Y si no se ha disputado más este espacio ha sido por el interés, entre poco y nada, de la gran mayoría igualitarista en asistir a una celebración católica; y la minoría creyente “de verdad” sabe discernir entre el sentido cristiano de la misa y la “pompa y circunstancia” de actos folklóricos disfrazados de fe.

En la Besta Berri de Heleta las mujeres participan en la procesión, pero no protagonizan sus figuras coreográficas. En la iglesia ya no se sigue el tradicional orden de “mujeres abajo, hombres en las galerías superiores”.

No así la parte excluyente: personas a las que he oído “¿bautizar a mis hijos? ¡por encima de mi cadáver!” se posicionan en lugar destacado en la misa por las almas de mis antepasados. Y eso que los antepasados de algunos de esos ateos no estuvieron en la batalla del 30 de junio de 1522.

¿Cinismo? Ojalá. Creo que es peor, creo que su visión de la fiesta refleja su naturalización del sexismo en la vida; es más, consideran fundamental ritualizar ese “orden natural” para que “el mundo siga siendo tal y como debe ser”. Del mismo modo, cuando oían al cura “anai-arrebak”, a aquellos fervientes católicos pirenaicos ni se les pasaba por la cabeza que también se refiriera a los agotes del fondo.

Han perdido la fe en el más allá, pero no prejuicios mucho más arraigados sobre el más acá.

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