Aker adar okerrak

Escribir aquelarre se hace raro. La Real Academia Española de la Lengua (no la academia de la lengua española, como si en España solo existiera LA lengua… en fin), digo que la Academia escribe aquelarre, con q; pero ¿a que pega más con k, akelarre? Puesto que se trata de una palabra vasca; realmente, dos, aker (cabrón) y larre, prado. ¿Seguro? ¿Seguro que es un término vasco? Sí, pero no. Hay quien defiende, en especial Mikel Azurmendi, que las personas interrogadas en los procesos de brujería de Zugarramurdi aseguraban que el lugar de reuniones brujeriles, un prado cercano a las famosas cuevas de la localidad navarra, no era el prado del cabrón, Akelarre, sino Alkelarre, es decir, el prado de alke, más bien alka, una planta forrajera, la dactylis glomerata (pasto ovillo en castellano).

El famoso prado desde la entrada superior de la cueva de Zugarramurdi.

En fin, disquisiciones filológicas aparte, y a falta de releer la documentación original, la clave estaría ahí, en que se trata de un topónimo: el sitio en cuestión no habría sido elegido para reunirse por ser el prado del macho cabrío, sino simplemente por ser un sitio suficientemente amplio para reunirse. De hecho, hay una mención anterior, de 1595 (no me atrevo a afirmar que la primera), y en otro valle navarro, Araitz. El juez ya se interesa por el topónimo, y la acusada ratifica la presencia suya y otros brujos y brujas ante el chivo-demonio “en el dicho prado de Aquerlarrea, como en los demás lugares y en los casos que tiene declarados”. Quizá el juez, bilingüe y con estudios, ya se estaba haciendo una composición de lugar -nunca mejor dicho-, mientras que la población autóctona vascófona no daría mayor importancia al topónimo entre los varios lugares en los que supuestamente se celebraban sabbats. Como ejemplo, el propio prado de Zugarramurdi también se cita en la documentación de la época con el nombre de Berroscoberro. Si en Zugarramurdi la traducción fue correcta o errónea, en el fondo es lo de menos, lo que importa es que al inquisidor de turno, concretamente Alvarado, todo le encajó según su mentalidad prejuiciada.

No solo a él. Al otro lado de la frontera, Pierre de Lancre, juez civil -y no inquisidor, y sin embargo no menos cruel-, defendió la misma etimología que ratificaba sus prejuicios. Para mí la pregunta sería: ¿por qué un vascófono les tradujo -bien o mal- este topónimo y no todos los demás? Seguramente porque compartía la visión del demonio y de su adoración que tenían jueces e inquisidores.

Cartel trilingüe señalizador del lugar en Zugarramurdi. Defiende la etimología de aker, no de alke.

Sea como fuere, ya en Baztan en 1612 un vecino acusa a una mujer de “bruxa, a mis hijas dizen que las llebas al aquellar” (sic). El gran estudioso Henningsen da por buena la hipótesis de Azurmendi de la mala traducción y consecuente creación de un término hasta entonces inexistente. En cambio, no comparte que también se creara entonces, junto a la palabra, el propio concepto de reuniones de brujos y brujas con Satán metamorfoseado en chivo, algo que sería muy anterior.

 

En efecto, ya en las ordenanzas de les valls d’Àneu en el s. XV se cita el “boc de Biterna”, denominación del demonio como chivo, y la exposición Se’n parlave i n’hi havie reproduce iconografía del mismo siglo, de diferentes países.

Detalle de ósculo anal al macho cabrío demoníaco en un sabbat, imagen reproducida en la exposición.

Pese a que el triste honor de poseer la legislación pionera antibrujeril de Europa corresponde al Pirineo catalán, el término más famoso que liga brujería, demonio y chivo es vasco, muy posterior y, muy posiblemente, fruto de un error a su vez fruto del prejuicio.

Con todo, en la exposición del Ecomuseu aprendí algo mucho más interesante.

Tan interesante que se merece entrada propia.

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